Por CESJUL
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Imagina que eres fiscal. Tienes huellas dactilares. Tienes saliva del asesino en los sobres de sus cartas. Tienes casquillos de bala, fragmentos de tela y décadas de investigación activa del FBI. Tienes un sospechoso que toda la policía señala. Y tienes un perfil de ADN extraído de esas cartas en los años 2000.
Lo tienes todo. Y sin embargo, no puedes acusar a nadie.
Eso no es una falla del sistema. Es el sistema funcionando exactamente como debe.
Este es el caso del Asesino del Zodíaco — y la lección que contiene es más valiosa para un operador judicial que cualquier manual de criminalística.
El caso que paralizó California durante seis años
Entre el 20 de diciembre de 1968 y el 11 de octubre de 1969, al menos cinco personas fueron asesinadas y dos sobrevivieron a ataques en la Bahía de San Francisco. El perpetrador no esperó a ser buscado: él mismo se presentó. Entre 1969 y 1974, envió más de veinte cartas a la prensa y a la policía, firmadas con un símbolo de mira telescópica y el nombre que él mismo eligió: Zodiac.
Las cartas incluían mensajes cifrados como "prueba de autoría". En una de ellas, afirmó haber matado a 37 personas. Las autoridades nunca sustanciaron esa cifra. Lo que sí quedó documentado fueron cinco víctimas confirmadas, siete personas atacadas en total, y uno de los perfiles criminales más estudiados en la historia de la investigación criminal moderna.
La investigación fue colosal. El FBI levantó huellas dactilares parciales en el taxi de la última víctima. Extrajo muestras de saliva de los sobres. Analizó los casquillos. Fotografió cada fragmento de evidencia. Y a partir de los años 2000, cuando la tecnología lo permitió, obtuvo un perfil parcial de ADN de las cartas.
El perfil existía. La evidencia existía. El caso se mantuvo abierto hasta hoy.
El sospechoso que el ADN declaró inocente
Durante décadas, el principal sospechoso fue Arthur Leigh Allen, ex maestro de escuela y delincuente sexual convicto de Vallejo, California. La policía lo tenía en la mira desde 1971. Tenía reloj con el símbolo del Zodiac. Le había contado a un amigo sus fantasías de matar parejas. Vivía cerca de todos los sitios de los ataques. Un sobreviviente lo identificó en una rueda de reconocimiento fotográfico más de veinte años después del crimen.
Todos los elementos para una condena popular estaban presentes.
Pero cuando llegó el turno de la ciencia, el resultado fue tajante: el ADN extraído de los sobres no coincidió con Allen. Las huellas dactilares tampoco. El análisis palmoscópico tampoco. El análisis grafológico tampoco. Ninguna evidencia física lo vinculó al caso. Allen murió en 1992 de un infarto, sin haber sido jamás formalmente imputado.
La ciencia forense no solo identifica culpables. También declara inocentes. Y eso, en términos procesales, es igualmente valioso — y exige exactamente el mismo rigor.
El caso del Zodiac permanece abierto a 2025. El FBI continúa recibiendo pistas. El perfil de ADN existe. Pero sin un sospechoso válido con quien compararlo — alguien que esté vivo, que pueda ser sometido a proceso — ese perfil no puede sostener una acusación. No porque la ciencia haya fallado. Sino porque la ciencia hizo su trabajo: encontró que el principal sospechoso no era el culpable.
Lo que todo operador judicial debe entender de este caso
Hay una narrativa popular que el sistema judicial no puede permitirse: la idea de que si hay evidencia forense suficiente, siempre hay condena posible. El caso Zodiac la destruye con precisión quirúrgica.
Un perfil de ADN sin sospechoso válido de comparación es evidencia inerte. Puede excluir a un imputado — y eso es fundamental — pero no puede por sí solo identificar a un culpable ni sostener una acusación. La prueba pericial es siempre relacional: necesita un sujeto sobre quien recaer. Sin ese sujeto, la mejor tecnología forense del mundo no puede reemplazar el trabajo de investigación que identifica personas, no moléculas.
Para el fiscal, esto significa saber cuándo no acusar. Insistir en una acusación sin el estándar de certeza que exige el sistema no es celo investigativo — es un abuso de poder que el caso Zodiac ilustra por contraste: durante décadas, la presión pública y mediática apuntó a Allen. El sistema resistió esa presión. Nadie fue acusado sin evidencia suficiente.
Para el defensor, este caso enseña a interrogar la prueba pericial en su dimensión comparativa: ¿con qué se comparó este perfil? ¿En qué condiciones fue extraído? ¿Cuál es el margen de error de la técnica utilizada? La evidencia científica no es la verdad — es una opinión técnica que debe resistir el contrainterrogatorio.
La insuficiencia probatoria no es una falla del sistema — es su garantía más fundamental. Un caso que no puede sostenerse con evidencia no puede sostenerse con voluntad institucional. Saber reconocer ese límite, y operar con integridad en él, es lo que distingue a un operador judicial extraordinario.
Estos escenarios no se aprenden en un aula teórica.
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